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Javier Lewkowicz

Entrevista Mario Rapoport sobre su nuevo libro, una biografía de Félix Weil, La historia del bolchevique de salón

PÁGINA/12 Martes, 28 de octubre de 2014 ECONOMIA, Entrevista Mario Rapoport sobre su nuevo libro, una biografía de Félix Weil, La historia del bolchevique de salón Por Javier Lewkowicz Periodista económico

El investigador Mario Rapoport cuenta la historia del heredero de una de las familias que dominaban la exportación de cereales a principios del siglo XX en Argentina y, contra lo esperado, se convirtió en financista de la Escuela de Frankfurt.

El hijo del presidente de una de las principales compañías cerealeras del país, descendiente de un multimillonario en la Argentina del Centenario, que, en lugar de continuar el imperio, levantar mansiones en la Recoleta, adquirir inagotables extensiones de tierra en la Pampa Húmeda o viajar a Europa con la vaca atada, decide con su dinero financiar un instituto de marxismo en Alemania para formar cuadros revolucionarios. Es la historia de Bolchevique de salón, el último libro de Mario Rapoport. Lo más curioso es que no se trata de una novela sino de una biografía dedicada a Félix Weil, el fundador argentino de la Escuela de Frankfurt.

La familia Weil llegó a la Argentina a fines del siglo XIX y comenzó un vertiginoso ascenso económico de la mano de la compañía cerealera fundada por Hermann Weil. Pero regresó a Alemania justo antes del inicio de la Primera Guerra, y Félix, su hijo, se forma en el marxismo y milita en los movimientos de izquierda, hasta que luego de la crisis de 1929 acelera su ascenso el nazismo. Hasta ese momento, Félix es el principal mecenas de un grupo de estudios en la Universidad de Frankfurt, que se convertiría en el prestigioso instituto. En 1931 Félix vuelve a la Argentina y colabora en la puesta en marcha del Impuesto a los Réditos (actual Impuesto a las Ganancias) y escribe su principal obra, El enigma argentino. El historiador Mario Rapoport investigó en profundidad la vida de Félix y de su padre y dialogó con Página/12 acerca de su primera biografía, en la cual aborda a través de estos personajes una parte central de la historia del siglo XX.

–Los primeros pasos de la familia Weil en el país coinciden con la historia de la Argentina del Centenario. La descripción que hace de esos años es muy distinta del relato que firma la Sociedad Rural y parte de la clase política en la actualidad.

–Había mecanismos de especulación, de estafa a los agricultores, que terminaron en parte en el Grito de Alcorta, que no sólo iba dirigido a los terratenientes sino también a los comerciantes de granos. Los agricultores, que eran arrendatarios, no tenían cómo conseguir créditos, a diferencia de los canadienses, que sí eran propietarios y se manejaban en cooperativas. Entonces las cerealeras, junto a los acopiadores, ocuparon ese lugar de financiamiento a los agricultores. Félix Weil explica bien las maniobras de cartelización de las grandes empresas, que eran Dreyfus, Weil y Bunge y Born. Definitivamente del boom agrícola del Centenario no participaron los agricultores, sino que fue exclusivamente un período de bonanza para los terratenientes y las grandes compañías cerealeras.

–Da la sensación de que el crecimiento económico de la familia Weil es la fábula del capitalismo: el jefe de una familia humilde que consiguió en base a esfuerzo construir un imperio. ¿Fue así realmente?

–Fue talento y oportunidad. Hermann llega al país apenas antes de la crisis de 1890. Es un momento crucial, porque con la crisis en Gran Bretaña el flujo de capitales hacia la Argentina se cortó. La situación era crítica, pero también era una gran oportunidad. Hasta ese momento la Argentina tenía un comercio deficitario y ahí se produce la primera gran sustitución de importaciones. Se dejan de importar productos agrícolas, en particular trigo, y se produce el boom agroexportador. El comercio de granos quedó acaparado por este grupo de alemanes judíos, como Hermann Weil y Alfredo Hirsch, de Bunge y Born, ambos provenientes de Mannheim, una región de Alemania que tiene empresas cerealeras muy importantes. Y de golpe aparece el mercado argentino, con grandes cantidades de cereales que no se consumen en el país debido a las políticas locales de ajuste. Algo curioso es que la Argentina ingresa al boom en un contexto de baja de precios, pero es muy competitiva porque tiene costos muy bajos por la superexplotación del campesinado, al estilo Hong-Kong o China hoy.

–La familia Weil es de origen judío y estaba muy identificada con la Alemania de Guillermo II. Desde la Argentina y a pesar de la neutralidad durante la Primera Guerra Mundial, Hermann incluso operaba para el Kaiser.

–Sí, los alemanes le enviaron dinero para que Hermann acopiara cereales en la Argentina. También él conocía bien qué barcos iban desde aquí con alimento hacia Gran Bretaña, y los denunciaba a los alemanes para que los atacaran. El Kaiser consideraba que Hermann era como una especie de espía alemán. De hecho, Hermann aparecía en las listas negras británicas. En eso también estaba Bunge y Born, con Alfredo Hirsch. Los judíos alemanes estaban muy identificados con su país. Alemania era su patria, donde mejor los habían tratado y donde más habían progresado. Por eso tardaron mucho en darse cuenta de lo que iba a pasar con el nazismo.

–La familia se vuelve a Europa en la Primera Guerra y Félix empieza a estudiar a Marx. Interviene en la vida política de la Alemania de la primera posguerra, en donde crecía la derecha, pero también eran fuertes los grupos revolucionarios. ¿Cómo se ordena ese intenso período?

–En la guerra aparecen los sectores protofascistas y protonazis, una fuerte derecha, que ya existía, pero que ahí se refuerza. Esa derecha quiere continuar el conflicto armado y los soldados se sublevan, se produce una revolución espontánea en 1918, parecida a la rusa. El emperador renuncia y finalmente se crea la República de Weimar, con la socialdemocracia como primer partido político alemán. Ahí se desata en la izquierda una lucha muy fuerte entre distintos sectores, aparece el tema de la socialización de los medios de producción a partir de la propia evolución del capitalismo, la idea de Eduard Bernstein, de Joseph Schumpeter. En medio de toda esa situación, Félix se forma en la universidad. La economía de guerra alemana crea una especie de socialismo de guerra y este chico se da cuenta de que es posible manejar el Estado con esa lógica, algo que también plantea Keynes en algún artículo.

–Y empieza a militar.

–Sí, entra en asociaciones estudiantiles y empieza a militar. Tiene conocimientos marxistas y conoce a George Grosz –pintor alemán de la época expresionista– y se hace amigo de Clara Zetkin, otra vieja dirigente comunista. En eso organiza la semana marxista, con la idea de practicar un marxismo no dogmático, algo que ya se empezaba a vislumbrar en la Unión Soviética. En 1920, Weil vuelve a la Argentina, enviado por la Internacional Comunista, para hacer el primer estudio del movimiento argentino. Quería ver qué posibilidades había en la clase obrera argentina de transformarse en revolucionaria, aunque la conclusión fue negativa. En su vuelta a Alemania arma un instituto de marxismo, que se convertiría luego, con otra orientación teórica, en la Escuela de Frankfurt, de la mano de Max Horkheimer, que no era marxista ni le interesaba la economía.

–Con la crisis del ’30 y el ascenso de Hitler, Weil retorna a la Argentina en un viaje que luce opuesto al que había hecho una década atrás.

–Sí, es un personaje contradictorio, la vida es así. Félix en 1931 integra la comisión de expertos liderados por Federico Pinedo que asesora al gobierno conservador de Agustín P. Justo en la confección de la ley del impuesto a los réditos.

–¿Cuál es la originalidad de su libro El enigma argentino?

–En El enigma argentino Weil hace un análisis integral de la economía, la política y la sociedad argentina, como nadie lo había hecho hasta el momento. Se puede leer como pronorteamericano, pero también se tira en contra de los estancieros y a favor de la industrialización. En el libro él dice que Perón no era nazi, a diferencia del planteo del Partido Comunista en ese momento. También comete errores, es muy optimista con respecto al rol del capital norteamericano en el desarrollo argentino.

–Después de tantas horas de intimidad con este personaje, ¿le terminó tomando cariño?

–Sí, le tomé gran cariño a la familia Weil. Félix es un personaje de alguna manera desgraciado, al final de su vida muestra una gran depresión y ninguno de sus grandes objetivos, como la revolución bolchevique y la alemana, salen como hubiera querido. Vive 77 años y sólo 16 en la Argentina, pero se siente más argentino que alemán. El libro es como una novela en donde la realidad supera la ficción. ¿Quién se puede imaginar que la renta agraria argentina, en vez de ir a construir palacios y ser despilfarrada, se haya destinado a desarrollar una institución en Europa para formar cuadros revolucionarios?

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